Revista de Artes y Humanidades UNICA
Volumen 23 Nº49 / Julio-Diciembre 2022, pp. 58-66
Universidad Católica Cecilio Acosta Maracaibo - Venezuela
ISSN: 1317-102X e ISSN: 2542-3460
Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0)
https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/
El problema del libre albedrío
ANDRADE, Gabriel
Ajman University, Ajman, United Arab Emirates
g.andrade@ajman.ac.ae
Recibido: 29-06-2022 Aceptado: 14-10-2022
Uno de los problemas más interesantes en la filosofía de la mente es el del ‘libre
albedrío’. Si, como los materialistas postulan, la mente es reducible a la materia (y no, como
los dualistas sostienen, una sustancia inmaterial aparte), entonces la mente obedece, como
cualquier otro fenómeno físico, a las leyes que rigen a la física. La física ha intentado explicar
el universo con base en un modelo de causas y consecuencias: cada evento ha sido causado
por otro evento, de manera tal que las leyes de la física operan con base en secuencias en las
cuales se postula que, cada vez que sucede un evento en condiciones específicas, seguirá otro
evento en determinadas condiciones.
Desde Isaac Newton, la física ha entendido el universo como una gran máquina que
exhibe regularidad en su funcionamiento. Y, lo mismo que nosotros esperamos regularidad
de las máquinas, los físicos esperan del universo regularidad con base en relaciones causales,
de manera tal que cada vez que sucede un evento, puede esperarse que suceda un evento
determinado, y no cualquier otro evento. Por ejemplo, si sostenemos un objeto y lo soltamos,
esperamos que caiga al suelo. No esperamos que se quede suspendido en el aire, y tantas
veces hemos observado esta secuencia de eventos, que la hemos formalizado en la ley de
gravedad. Con base en eso, podemos predecir que, la próxima vez que sostengamos un objeto
y lo soltemos, el objeto caerá al suelo. Y, también con base en eso, concluimos que el hecho
de que el objeto cayó al suelo no es un evento espontáneo, antes bien, fue causado por un
evento previo, el haberlo soltado en el aire.
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.7549471
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Así, la causalidad estipula que cada vez que sucede un evento específico, le seguirá
otro evento determinado. Al concebir al universo como una gran máquina que opera con base
en secuencias causales, la física moderna se ha inclinado hacia el ‘determinismo’, la postura
según la cual todos los eventos han sido causalmente determinados por una cadena de eventos
previos. Y, puesto que se asume que las relaciones causales son constantes, la conclusión
abstraída por el determinismo es que el universo no pudo haber sido de otra manera. Pues, si
por cada evento, hubo una causa que propició que ocurriera ese evento, y no otro, entonces
la secuencia de eventos ha quedado fija y es inalterable. Si asumimos la ley de gravedad
como una relación causal constante, no pudo haber sido de otra manera que, al soltar un
objeto en el aire, éste cayese al suelo. Y, así con todos los eventos del universo.
El determinismo postularía, entonces, que desde los inicios del universo con el Big
Bang, todos los eventos han sido causalmente determinados, y que no pudo haber sido de
otra manera. Una generación después de Newton, otro físico, Pierre Simon Laplace, postuló
que si un agente pudiese conocer exhaustivamente todas las leyes de la física, podría predecir
sin equívoco todos los eventos futuros, y podría describir todos los eventos pasados[1]. Pues,
de nuevo, si las leyes de la física son constantes, entonces la sucesión de eventos en el
universo estaría determinada por esas leyes.
Ahora bien, si como postula el materialista, la mente es reducible a la materia, y en
tanto la materia forma parte del universo físico, la materia también está sujeta a las leyes de
la física, entonces parece que los eventos mentales están determinados. De la misma manera
en que el objeto se viene al suelo como consecuencia de haberlo soltado en el aire, y dada la
ley de la gravedad ésa es la única manera en que pudo haber ocurrido; así también cada
evento mental tiene una causa que propicia que ésa sea la única manera en que pudo haber
ocurrido. Y, de nuevo, desde el origen del universo con el Big Bang, todos los eventos
estarían causalmente determinados.
Pensemos, por ejemplo, cuando levantamos el brazo. ¿Es ese evento espontáneo? El
materialista tendría que responder que no: el deseo de levantar el brazo ha sido causado por
la activación de unas neuronas. Pero, a su vez, la activación de esas neuronas ha sido causada
por otros eventos físicos. Y, estos eventos son causados por otros eventos, y así
sucesivamente. Una vez más, pareciera que, desde el Big Bang, se suscitó una cadena causal
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ininterrumpida que desembocó en el deseo de levantar mi brazo, y que no pudo haber sido
de otra manera.
Pareciera, entonces, que todos nuestros eventos mentales ya han sido determinados.
Y, puesto que no pueden ocurrir de otra manera, entonces parecemos no tener poder para
tomar decisiones. Todo cuanto hacemos ya ha sido previamente determinado por las leyes
del universo. Cuando vamos a un restaurant, y se nos pregunta si deseamos comer pollo o
pescado, no parecemos tener el poder decidir cuál de los dos platos comer. Pues, el deseo de
comer uno u otro es causado por la activación de unas neuronas, este evento es causado por
un evento previo, y así sucesivamente. Si pedimos pescado, no hubo otra manera en que pudo
haber ocurrido. Creemos que pudimos haber pedido pollo, pero en realidad la configuración
neuronal propició el deseo de comer pescado, y resultó inevitable que así fuese.
Esto nos parece extraño. Y, resulta extraño porque tenemos el sentimiento de que sí tenemos
un poder de decisión en nuestras vidas, y de que nuestros pensamientos y conductas
podrían haber sido diferentes. Esta intuición postula la existencia del libre albedrío, a saber,
la capacidad que tenemos para ejercer control sobre nuestras acciones y decisiones.
Los dualistas consideran que si la mente es reducible a la materia, entonces no tenemos libre
albedrío. Pero, no podemos prescindir del libre albedrío, fundamentalmente por dos razones:
en primer lugar, porque la intuición de que somos libres es muy fuerte, y resultaría demasiado
contraintuitivo postular que no somos libres; y en segundo lugar, porque resultaría imposible
encontrar sentido a la vida sin la existencia del libre albedrío. En particular, la moral no sería
posible. Pues, si los agentes no cuentan con un poder de decisión en sus vidas, entonces no
podemos hacerlos moralmente responsables de sus acciones.
La única manera en que puede salvaguardarse el libre albedrío, opinan los dualistas, es
rechazando la noción según la cual la mente es reducible a la materia, y postulando la
existencia del alma como una sustancia inmaterial que, precisamente por ser inmaterial,
escapa a la determinación causal que rige a la materia. Si el alma no está sujeta a las leyes de
la física, entonces el alma puede garantizar el poder de decisión de las personas. Y, puesto
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que tenemos una fuerte intuición de que sí tenemos poder de decisión, entonces la mente no
debe ser reducible a la materia, y el alma debe existir.
De esa manera, en la historia de la filosofía se ha configurado un debate en torno al libre
albedrío y el determinismo, y pueden destacarse tres posturas fundamentales al respecto. Por
una parte, los incompatibilistas’, postulan que el libre albedrío es incompatible con el libre
albedrío: no podemos ser libres y a la vez estar causalmente determinados. Los
incompatibilistas se dividen en dos campos: de un lado los deterministas duros’, quienes
afirman el determinismo causal y, por ende, niegan el libre albedrío; de otro lado los
‘libertarios’, quienes afirman el libre albedrío y, por ende, niegan el determinismo causal.
Evidentemente, los dualistas se inscriben en el lado de los libertarios, pues niegan que los
eventos mentales sean causalmente determinados. Por otra parte, los compatibilistas’
(también llamados deterministas blandos’) postulan que el libre albedrío es compatible
con el determinismo causal, y que sí podemos ser libres y estar determinados a la vez[2].
Frente al alegato del dualista, según el cual el materialismo implica determinismo causal, y
el determinismo causal impide el libre albedrío, se han presentado algunas respuestas,
procedentes de las diversas posturas que se han tomado en torno a este problema filosófico.
En primer lugar, algunos filósofos sencillamente prescinden del libre albedrío[3].
Ciertamente tenemos una fuerte intuición de que somos libres, pero muchas intuiciones son
erróneas, y el libre albedrío podría ser una de ellas. Estos filósofos, procedentes del
determinismo duro, postulan que el libre albedrío es sencillamente una ilusión, quizás
explicable por la psicología evolucionista: aquellos homínidos que creyeron ser libres
tuvieron más ventaja adaptativa.
A algunos de estos deterministas duros les importará poco si la inexistencia del libre albedrío
despoja de sentido a nuestras vidas y aniquila la moral: quizás, en efecto, sencillamente la
vida no tenga sentido; habría que asumir este hecho, y nada más. Pero, a la mayoría de los
deterministas duros no les parece que sin libre albedrío, la vida no tiene sentido. A su juicio,
hay muchas cosas cotidianas por las cuales preocuparse. Y, tampoco consideran que sin libre
albedrío queda aniquilada la justificación ética del castigo. Pues, estiman que aun sin la
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responsabilidad moral derivada de la libertad, el castigo puede justificarse como instrumento
disuasorio para prevenir otras faltas morales.
A la mayoría de las personas (entre las cuales me incluyo), no obstante, le resulta muy difícil
comprender cómo puede tener sentido la vida sin el libre albedrío. ¿Sin el poder de decidir
sobre nuestras vidas, qué nos puede motivar el despertarnos en la mañana y vivir a plenitud?
Si la misma acción de despertarse no es libre, entonces el quedarse dormido y deprimirse
tampoco es una acción libre. El determinista duro no parece tener motivos para reprochar a
los demás de no encontrar sentido a la vida, pues bajo su misma doctrina, quienes no
encuentran sentido a la vida no pueden hacer nada al respecto, en tanto no son libres. Más
aún, el determinista duro parece no poder convencer a sus oponentes de que acepten su punto
de vista, pues una vez más, sus oponentes ya están determinados a discrepar con él.
Además, si bien muchas intuiciones terminan por ser efectivamente ilusorias, el libre albedrío
parece una intuición muy fuerte como para sencillamente prescindir de ella. Diariamente
asumimos que somos libres; nadie que vaya a un restaurante y tenga que decidir cuál plato
pedir, se sentará a contemplar cómo la determinación conduce los eventos hacia uno u otro
destino. Antes bien, esa persona asumirá que es libre y decidirá cuál plato comer.
Para salvaguardar el libre albedrío, algunos filósofos incompatibilistas sugieren que el
determinismo es falso. De esa manera, conservaríamos el libre albedrío, no porque la mente
sea una sustancia inmaterial que escapa la determinación que rige a la materia, sino porque
es falso que todos los eventos son causados; antes bien, algunos eventos pueden ser
espontáneos y operan, no con base en la determinación, sino con base en el azar[4]. Estos
filósofos apelan a los avances tentativos de la física cuántica en las últimas décadas. Según
parece, la física cuántica ha documentado que, al menos a nivel subatómico, los eventos no
son determinados. Si, por ejemplo, se somete una partícula a las mismas condiciones varias
veces, no siempre se seguirá la misma consecuencia; que ocurra una u otra consecuencia
dependerá del azar, y no se podrá predecir con certeza cuál será el comportamiento de esa
partícula. Así, en tanto el determinismo es falso, el libre albedrío se conservaría sin necesidad
de invocar la existencia del alma inmaterial.
Pero, no es muy claro que el hecho de que el determinismo sea falso permita conservar el
libre albedrío. Pues, si el mundo no está determinado, entonces los eventos no tienen causas
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y, por ende, son aleatorios. Pero, el azar no es lo mismo que la libertad. Nuestras acciones no
estarían determinadas, pero no por ello tendríamos libre albedrío. Pues, si no estamos
determinados, entonces estamos abandonados al azar, y de nuevo, no tendríamos control
sobre el azar.
En vista de esto, parecemos estar frente a un dilema. Por una parte, si el determinismo es
verdadero, entonces parece que no tenemos control de nuestras acciones y, por ende, no
somos libres. Por otra parte, si el determinismo no es verdadero, entonces parece que tampoco
tenemos control de nuestras acciones, pues si bien éstas no estarían causalmente
determinadas, serían meramente aleatorias, y no tenemos control sobre el azar. Si, en efecto,
ambos el determinismo y el indeterminismo son incompatibles con el libre albedrío, entonces
habría que admitir, junto al determinista duro, que el libre albedrío es una ilusión o, sino, al
menos que el libre albedrío no es un concepto coherente.
Pero, otros filósofos, los compatibilistas (o deterministas blandos), pretenden esquivar este
problema en la medida en que señalan que el determinismo es compatible con el libre
albedrío[5]. A simple vista, parece contraintuitiva la noción de que el determinismo y el libre
albedrío son compatibles, por las razones que ya hemos visto. Pero, los compatibilistas
ofrecen un entendimiento más refinado de la libertad, a fin de que resulte compatible con el
determinismo.
Para los compatibilistas, la ‘libertad’ debe entenderse como la disposición de poder elegir
una de varias opciones, sin restricción de un agente foráneo. Una persona actúa en libertad
cuando esa persona deseó el acto y pudo haber seleccionado otra opción, si la persona hubiese
tenido el deseo de hacerlo.
Un caso es ilustrativo: cuando una persona levanta su brazo, esto obedece a un deseo. A su
vez, este deseo es propiciado por una organización neuronal específica que determina
causalmente el deseo. Esa acción, estiman los compatibilistas, es determinada pero libre a la
vez, pues procede del deseo interno de la persona. Pero, si una persona levanta el brazo
porque otra persona tiene un revólver apuntando a su cabeza amenazándola con matarla si no
levanta el brazo, entonces esa acción no es libre, pues no procede de su deseo.
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El compatibilismo pareciera ser un mero juego de palabras, pues no hace más que redefinir
el significado de la palabra ‘libre’. Por ello, no es del todo claro que resulte una estrategia
viable. Por ejemplo, si una persona toma una pastilla que la impulsa a cometer un crimen,
entonces el compatibilista admitiría que esa acción no es libre, pues su acción no procede de
su deseo interno. Pero, si una persona toma una pastilla que despierta en ella el deseo de
cometer un crimen, y el crimen se comete, entonces el compatibilista sostendría que esa
acción sí es libre. Pero, ¿acaso es diferente la pastilla que impulsa a cometer un crimen, de la
pastilla que despierta el deseo de cometer un crimen?
El compatibilismo pretende imponer una diferencia entre causas intrínsecas y causas
extrínsecas al sujeto: aquellas acciones propiciadas por las causas extrínsecas no serían libres;
pero aquellas acciones propiciadas por las causas intrínsecas serían libres. La dificultad
está en que no parece tan sencillo diferenciar entre ambos tipos de causas. El cerebro causa
las conductas, y bajo el entendimiento compatibilista, las acciones causadas por el cerebro
son libres, en tanto el cerebro es intrínseco al sujeto. Pero, es claro que la configuración del
cerebro ha sido propiciada por causas extrínsecas (pudo haber tenido una malformación
durante la gestación, pudo no haber tenido suficiente nutrición, etc.), en vista de lo cual, al
final, las causas de la conducta provendrían de circunstancias extrínsecas.
Un compatibilista señalaría que un hombre con el deseo de ser violento es libre cuando golpea
a su esposa. Ciertamente la violencia que ejerce contra su esposa es causada por un deseo
intrínseco a él. Pero, a su vez, este deseo quizás fue causado por las experiencias traumáticas
de su niñez en un hogar violento, de manera tal que, si bien su violencia es causada por un
deseo interno, este deseo interno ha sido causado por condiciones extrínsecas. No es del todo
claro que este hombre golpea libremente a su esposa, pues el origen causal de su violencia es
el hogar violento en el cual creció; la mediación del deseo interno no parece hacer una gran
diferencia.
Otra alternativa compatibilista consiste en señalar que la organización cerebral del ser
humano es de tal complejidad, que no es posible elaborar predicciones certeras respecto a la
conducta humana. Y, en tanto carecemos de un conocimiento absoluto sobre la conducta
humana, sólo podemos tener expectativas, pero no certezas, sobre la conducta futura de los
individuos. En función de esto, puesto que los individuos tienen la capacidad de actuar
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diferente a cómo se espera de ellos, el libre albedrío se conserva. Esta alternativa parece más
persuasiva, pero no plenamente. Pues, pareciera estar más bien afirmando la apariencia de
libre albedrío (pues los demás no tienen capacidad de predecir las acciones), pero no afirma
la existencia real del libre albedrío.
En vista de las dificultades de estas posiciones, entonces, aparentemente el dualismo está en
mejor posición para explicar cómo el ser humano tiene libre albedrío. En tanto considera que
el determinismo no es compatible con el libre albedrío, el dualista forma parte del
incompatibilismo. Pero, como hemos visto, quien niega el determinismo también enfrenta un
problema, pues si las acciones humanas no están causalmente determinadas, entonces están
regidas por el azar, y el azar no hace posible la libertad. El dualista pretende eludir este
problema señalando que, si bien las acciones humanas no están causalmente determinadas,
tampoco están abandonadas al azar; antes bien, las acciones humanas derivan de la voluntad
que procede del alma inmaterial que escapa a la determinación del mundo físico. En otras
palabras, las acciones humanas serían espontáneas (en tanto no son causadas), pero no
azarosas.
Pero, no es muy claro cómo, exactamente, las acciones humanas pueden escapar a la
determinación causal y el azar al mismo tiempo. Es difícil concebir cómo un evento no es ni
causalmente determinado, ni aleatoriamente espontáneo. Además, la insistencia dualista de
que la acción humana escapa la determinación causal parece sencillamente falsa. Sería
insensato pensar que alguien que ha sufrido una lesión cerebral que lo conduce a cometer
acciones agresivas es realmente libre: un evento sobre el cual no tuvo control, ni tampoco
deseó, puede transformar dramáticamente su configuración mental. Y, mientras más
descubrimos la naturaleza y funcionamiento del cerebro, más comprendemos que la actividad
mental está causalmente determinada. Los casos de personas que sufren lesiones cerebrales
son bastante ilustrativos de que, si no totalmente, al menos buena parte de nuestra mente
parece estar causalmente determinada.
Ha llegado el momento de admitir que todas las posturas que he reseñado en torno al
problema del libre albedrío son problemáticas, y ninguna convence plenamente. La
argumentación compatibilista dista de ser satisfactoria, y hay plenitud de indicios de que
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nuestra conducta está causalmente determinada. Por ello, la alternativa pareciera ser un
determinismo duro: estamos determinados y no somos libres. Pero, persiste nuestro
sentimiento de que somos libres, y resulta un enigma precisar cómo podemos vivir sin libre
albedrío. Por mi parte, el problema del libre albedrío sigue siendo un misterio, y no estoy
seguro de que algún día podamos encontrarle solución. La frase del poeta Samuel Johnson
es evocadora de ello: “todas las teorías están en contra del libre albedrío; todas las
experiencias están a su favor